sábado, 3 de marzo de 2007

Elizabeth Burgos

¿Socialismo del siglo XXI o artefacto publicitario?

Elizabeth Burgos

Desde el anuncio de la imposición por voluntad del presidente de la República del socialismo del siglo XXI, analistas de todos los ámbitos del espectro político han multiplicado opiniones y conjeturas acerca de ese nuevo producto ideológico que se le propone imponer a la sociedad venezolana.
Opinar acerca del socialismo del Siglo XXI presenta de entrada dos opciones.
En el escenario de la real política se le puede despachar de la manera tajante del canciller del Brasil, Celso Amorim, al ser entrevistado a ese propósito por el diario O Globo (16-1-07) en vísperas de la reunión del MERCOSUR: “El socialismo del Siglo XXI no es más que un slogan: si es bueno o malo, eso es otra cosa”. Sin lugar a dudas, se trata de una respuesta adecuada por tratarse del responsable de velar por que Brasil no se desvíe de su empeño de contarse entre las grandes potencias mundiales. Semejante responsabilidad inhibe detenerse en nimiedades y obliga a ir sin titubeos a lo esencial. Pero tampoco un representante genuino de Itamaraty podía concluir una entrevista de manera tan abrupta, por lo que, a manera de explicación recurrió a una imagen cristalina: “El régimen del Presidente Chávez funciona muito bem para o Brasil”. “Para os interesses do Brasil, foi ótimo”. (Vale la pena acotar que en el 2006 las exportaciones del Brasil a Venezuela se elevaron a 3.3 billones de $ USA y las importaciones de Venezuela al Brasil 548 millones de $ USA). Por otro lado, el consejero para asuntos internacionales del presidente Lula, Marco Aurelio García, considera al Brasil como el gestor de un modelo de “substitución de importaciones” en Venezuela. Lo que inspira a columnista brasileño opinar que Chávez es el “retrato del perfecto idiota latinoamericano”.
Considerar el Socialismo del siglo XXI como un simple “slogan”, significa que el jefe de la diplomacia brasilera lo toma por un simple procedimiento publicitario. Se trataría simplemente de una marca de identidad que la llamada revolución bolivariana precisa para su lanzamiento como novedad en el mercado de las ideologías. De hecho, en el plano de la opinión pública internacional, incluso entre los simpatizantes del “proceso”, el fenómeno venezolano se reduce a la imagen de Hugo Chávez, y a la versión de la realidad venezolana, forjado por la agencia de publicidad política de Le Monde Diplomatique.
En el plano venezolano es donde la situación se torna ambigua, y se vive con angustia, incluso entre los simpatizantes del “proceso”, pues el propio dueño del proyecto no ha facilitado las claves de lo que significa su propuesta. Se ha limitado a declarar que “vamos hacia el socialismo. Uno nuevo, propio. Ese tenemos que idearlo, y parirlo…”
No se trata pues de un proyecto concebido con cierta racionalidad, como sería lo sensato cuando se busca trastocar un modelo de sociedad para imponerle otro. Parecería más bien una idea inspirada de ese pensamiento mágico, expresado con tanto talento por Michael Taussig en The Magic of the State, en donde sin nombrar al país, el autor nos entrega una descripción de las representaciones mentales de un lugar que no deja dudas de que se trata de Venezuela. Y mientras que el castrismo, fuente primigenia del proyecto “bolivariano”, se ha caracterizado por un forcejeo entre el realismo y la ilusión, el modelo propugnado por el venezolano nace mancillado por el petróleo, y por la cultura que éste ha generado: una cultura rentista, la del menor esfuerzo, la del desconocimiento del trabajo como elemento primordial en la construcción de la sociedad, la cultura de la impaciencia, pues todo se puede adquirir con el solo gesto de blandir la abultada billetera del nuevo rico: en síntesis, la cultura de la corrupción.
Blandir el petróleo en lugar de argumentos, en lugar de pensamiento. Cuando Hugo Chávez conminó a los mandatarios presentes en la Segunda Cumbre sudamericana de Naciones, celebrada en Cochabamba, en diciembre pasado, el consumo de Viagra para “revitalizar la situación regional del MERCOSUR porque el CAN no sirve, pero tampoco el MERCOSUR”, estaba expresando una realidad meridiana. Su política, su liderazgo, su Socialismo del siglo XXI se sustenta en el Viagra del petróleo. Y como bien se sabe, el Viagra es un sucedáneo de una falla, o de algo que ya no se posee: es un paliativo de la impotencia; es una apariencia de potencia, una simulación de lo extinto.
La metáfora del “tener que parirlo” nos avisa de que se trata de un estado de embarazo por lo que se deberá esperar que éste llegue a término para conocer la buena nueva del nacimiento de este Mesías novato. Pero habrá que indagar antes en las estadísticas cuáles son las posibilidades de gestar gracias al Viagra. Es cierto que un socialismo que se sustenta en el Viagra, es de por sí una novedad. Un Viagra-socialismo es una representación que, sin discusión alguna, sitúa en un lugar de honor de la post modernidad a la revolución bolivariana, producto, no de una nueva filosofía del pensamiento, sino de la obscena práctica de un petropopulismo nuevo rico.
El socialismo del siglo XXI significaría el resurgimiento de la figura del milenarismo que creíamos catapultado bajo los escombros del Medioevo. Quedan así obliterados, clausurados, en el país el acerbo civilizatorio del Renacimiento y de la Ilustración. El socialismo del siglo XXI aparece así como un artefacto destinado a borrar varios siglos de historia y a convertirse en un nuevo mito fundador del origen, esa obsesión tan latino-americana, educada en la fobia a todo cuanto sucedió antes de la independencia de allí que se cultive la ignorancia de la historia. De allí que ignoren que Bolívar, quien oficia de ángel tutelar del nuevo Mesías, es hijo directo de la Ilustración. Bolívar privilegió como enseñanza las ideas de Benjamín Constant, para quien proteger al individuo de los abusos del poder era lo primordial, de donde se desprende la idea de Bolívar que “la libertad civil es la verdadera libertad; las demás son nominales” y que por eso quería garantizar “la seguridad personal, que es el fin de la sociedad, y de la cual emanan las demás” , una clara demostración de la evolución de su pensamiento del republicanismo hacia el liberalismo, como lo demuestra, en un brillante ensayo el historiador Luís Barrón (CIDE). El gran mérito de Simón Rodríguez radica en haber leído a J. J. Rousseau en París y haber importado sus ideas a América.
Los elementos que manejan los líderes del nuevo milenarismo “bolivariano”, ni siquiera son los forjados por Marx, Engels, Lenin, o Trotski, sino que provienen de las lecturas de los manuales más elementales de marxismo que estuvieron al uso en los años 1960. Son artefactos de segunda mano y en mal estado. Pese a su militancia anti-occidental, los tenores del nuevo modelo revolucionario no citan a un solo teórico que no haya surgido de Europa o nutrido del pensamiento europeo. Contra la arrogancia de la ignorancia que profesan como virtud, lo único que queda es aconsejarles el estudio y así, tal vez adquieran la humildad necesaria sobre la cual se sustenta el saber. Por ahora, lo que demuestran es una actitud de colonialismo mental voluntario que deja perplejo. La importación de teóricos de segunda categoría de Cuba, Europa y Estados Unidos, les hace comportarse como los indígenas que se encandilaban con las cuentas de vidrio que les regalaban los conquistadores. Las suites en el Hilton de Caracas, más otras bonificaciones que se le otorgan a los turistas que acuden al llamado de la buena nueva de otra revolución en el Caribe, substituyen las pepitas de oro de entonces.
Hasta ahora Venezuela no ha producido un solo texto que le de un mínimo de sustento teórico al socialismo del Siglo XXI. El único discurso que impacta en los medios es el de los insultos que profiere el presidente de Venezuela al presidente de Estados Unidos, que entraría más bien en la categoría forjada por el filósofo alemán Peter Sloterdijk de “fascismo de diversión”: se debe admitir su pobreza como base de sustento ideológico.
En el plano venezolano, la propuesta del socialismo del siglo XXI representa una incógnita angustiante porque son ellos, los venezolanos, quienes están llamados a servir de conejillos de Indias de un experimento producto de la economía petrolera y no de un contexto histórico como ha sido el caso de todas las revoluciones que han acaecido hasta ahora. Los tenores de este “paquete ideológico” dan la impresión de farsantes que se han hecho pasar por químicos competentes puestos al frente de un laboratorio de alto nivel de investigación.
Las ideas de los líderes e ideólogos del proyecto del socialismo del siglo XXI se caracterizan por un pensamiento vacuo, la repetición de conceptos desfasados que sólo demuestra una gran pobreza intelectual, y una ignorancia patética de la historia contemporánea, y en particular, del socialismo del Siglo XX. ¿Cómo pretender fundar un Socialismo del siglo XXI cuando se ignoran los datos más elementales de lo que significó y sigue significando la experiencia fallida del socialismo del siglo XX?
Ello nos invita a acudir al ámbito del registro psíquico, del afecto, de lo imaginario.
Hugo Chávez está poseído del síndrome del milenarismo apocalíptico, del sueño de pasar a la posteridad y el deseo de que otros continúen su misión, así como él lo pretende hacer, siguiendo los pasos del primer Bolívar, de aquel que todavía animaba una ingenuidad mesiánica; no del escéptico realista que dijo haber arado en el mar, y que lo único que quedaba en Venezuela era el exilio.
Su “socialismo” no es de corte terrestre, es de corte mágico, lo que no impide que el presidente venezolano imparta leyes por decreto, y que se inviten a teóricos extranjeros para tratar de llenar el abismal vacío de pensamiento.
El “ ’tá barato dame dos” del nuevorriquismo venezolano, hoy se traduce en la compra de adhesiones políticas, puestas al servicio del ego de un liderazgo comprado. Los ingentes medios económicos de los que dispone, le dan la ilusión de acercarse al escenario en donde se realizará su liderazgo continental, ¿mundial? En el plano nacional, el apoyo popular tiene mas de clientela electoral que de adhesión fervorosa a un proyecto.
La fijación obsesiva que mantiene con el presidente de Estados Unidos lo lleva a comportarse en simetría con éste, su otro yo complementario, su espejo, que tampoco se queda atrás en términos mesiánicos. Uno, pretende instaurar la democracia allí en donde aún no ha llegado, mediante intervenciones militares ignorando el tiempo que requiere la sedimentación de la historia. El venezolano, pretende instaurar por decreto un socialismo, provocar una revolución, en donde el contexto histórico lo único que exigía era una administración eficaz y la modernización del Estado. El pensamiento mágico del venezolano, compra aplausos, algo, por cierto, más etéreo, pero en concordancia con su tendencia a desechar lo terrestre, al planteamiento sereno de los problemas de la sociedad, y preferir el mundo de lo imaginario, del maniqueísmo primario y el de la sensualidad del poder.
Gracias a su tendencia a la asociación libre, el presidente ha dado la clave de la falla psíquica sobre la cual se sustenta el montaje ideológico del bolivarianismo. El Viagra-petróleo es el sucedáneo que le procura la realización del fantasma del estado de erección permanente. Estado cuyo clímax lo alcanza durante las horas de duración del “Aló Presidente”.
El dilema es que el Viagra/bolivarianismo, no es más que una batalla de la ilusión contra la realidad. Porque en lo concreto, en el socialismo del Siglo XXI de lo que se trata es de una “democratización” de la corrupción de la que no podrán surgir ciudadanos animados por los preceptos republicanos sino súbditos genuflexos de un sultanato extemporáneo.
Son las metáforas las que mejor desvelan las imposturas de la historia. Cuando Caetano Velosos califica a Chávez de burka, un traje de épocas remotas que se ha vuelto contemporáneo nuestro por la visibilidad que ha adquirido, está poniendo al desnudo la impostura.
* Especializada en etnopsicoanálisis e historia, consejera editorial de webarticulista.net, autora de "Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia" (1982).
- Artículo publicado originalmente en el diario El Nuevo País

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